Pasarlo teta


Noto que he pillado un virus, todavía no sé cuál. Soy incapaz de acompañar a mi perro a la esquina; ni hablar de las dos horas de paseo a los que me tiene acostumbrada. Me siento en una terraza de la Plaza Real. No son ni las once, es festivo y hay muy poca gente. Suelto al perrete para que salude a sus congéneres en libertad y yo me pueda relajar. Me tomo tres manzanillas en tres mesas diferentes persiguiendo la ideal: donde la calefacción antiecológica combine con el sol invernal y tenga la mejor perspectiva de la plaza y sus palmeras. Hace mucho frío, pero los interiores no son seguros. Me arrebujo en un viejo visón que me acaba de regalar una amiga de la adolescencia.

De repente, surge de la nada una pequeña mujer enmascarillada y viene directa hacia mí. Ya está – pienso yo – me va amonestar por dejar el perro suelto y por calentarme con un bicho que lleva sesenta años muerto.

– ¿Eres Patricia? ¿Patricia Soley?

Vale. No solo me va a amonestar, es que además me conoce y va a publicar en redes mi crueldad manifiesta.

– Sí. Soy yo.

– Hola, soy Elena (omito su apellido). Hace cuarenta años que no nos vemos.

¡Cuarenta!

– ¡Hola Elena! Qué gracia encontrarte y cuánto tiempo… Pero ¿cómo me has reconocido?

– Bueno, no has cambiado.

No doy crédito. Pienso: cuando gané el Premio Anagrama de Ensayo vio fotos mías más actuales que le han permitido reconocerme.

– Ja ja. La verdad es que yo a ti tampoco te veo muy diferente.

Es cierto.

– Es la expresión de la cara. No la hemos cambiado. Y qué – me pregunta – ¿todavía sigues de artista?

Aquí sí que me deja estupefacta. Mis últimos cuarenta años profesionales desfilan por mi mente como una película acelerada: a los diecisiete, modelo, luego, actriz y presentadora, después de andar bien perdida, volví a la universidad, me gradué, me doctoré, trabajé como gestora para la Generalitat, investigadora postdoctoral y docente universitaria pluriempleada en jornadas dobles, me propuse hacer divulgación y la hice, la sigo haciendo como gestora cultural y ensayista freelance. Mi vida profesional ha estado marcada por la incertidumbre, el aprendizaje constante, la reinvención y la precariedad. He sufrido penurias, en ocasiones graves. ¿Esto me convierte en artista? No fue mi intención. No me importaría ser una pequeña, o no tan pequeña, burguesa con el sustento asegurado. ¿Será que esta chica se quedó en mi etapa mediática, no supo más de mí y realmente no he cambiado?

Tratando de sonar como una profesional ‘seria’ y exorcizar la inseguridad económica que nos atenaza, balbuceo que estoy trabajando como consultora de género para el Ayuntamiento de Barcelona.

Unos días más tarde, misma plaza, mismo abrigo, misma terraza, mismo frío (el test de antígenos salió negativo), comento la curiosa pregunta con amigas comunes.

– Es de Lina Morgan – dice una – ‘Mamá, quiero ser artista’.

– Es que es yogui, es yogui – dice otra en tono explicativo.

– Sí, eso me cuadra más – repuse, evocando al oso Yogui.  

– Nooo, que practica mucho el yoga. Además, te confundes con Los mundos de Yupi.

¿Cómo? Yo de yuppie, nada. Desde que custodio el visón, tengo en mente una foto de Lee Miller hecha en Hungría al final de la segunda Guerra Mundial: un glamuroso grupo de aristócratas muy delgados con sombreros y abrigos de piel parecen estar pasándolo genial en una coctelería, hasta que miras bien y te das cuenta de que sus copas están vacías y de que van abrigadísimos en un interior. Luego lees que no tenían ni comida ni bebida ni calefacción; no les quedó más que lo puesto y sus capacidades, que no es poco.

Yo también tengo una manzanilla, mi visi/ón y mi cabeza, el COVID se llevó gran parte de mi trabajo y la pregunta que me ronda: ¿sigo de artista o lo soy? Hace poco leí a Houellebecq disertando sobre la contemplación límpida y “el punto original” generador de toda creación: “consiste en una disposición innata a la contemplación pasiva y pasmada del mundo. El artista siempre es alguien que lo mismo podría no hacer nada, satisfaciéndose solo con la inmersión en el mundo y una vaga ensoñación asociada”. Estoy de acuerdo, pero solo en parte. Creo que la ensoñación del mundo acaba pidiendo pasar por ti para que lo expreses diferente. O quizá sea que siempre me vi obligada a ganarme el pan y no pude quedarme ensoñando: lo tuve que plasmar.

Lo comento con mi amiga Elsa Alberti y me recuerda cómo, en el momento en el que elegimos ser bailarinas, actrices, modelos, coreógrafas, músicas, ser artista implicaba romper con las directrices sociales, algo así como ser hippie. Era nuestra respuesta: no íbamos a ser chicas obedientes, casarnos y tener hijos. Íbamos a salirnos de lo establecido en un momento en el que la carga política y social de la dictadura saliente todavía era muy fuerte, el ambiente rancio, hostil y violento, y la cobertura social – esas ‘pequeñas cosas’ llamadas seguro de desempleo o las asociaciones profesionales – inexistentes.

No puedo decir que esa elección haya resultado fácil, ni que nunca me haya quebrado o haya deseado morir de puro cansancio. Sí puedo decir que viviendo las últimas semanas de mi padre en el hospital en los albores del estío, volví a enamorarme de la vida: se me contagiaron sus ganas de disfrutar, de viajar, de amar, de salir de restaurantes, de bailar, de pasarlo teta y de crear, aunque duela.

¿Será verdad que no he cambiado? ¿Será que ‘sigo de artista’ porque no sé vivir con los ojos cerrados?

 

Agradecimientos:

Gracias Elena por una pregunta tan bella.

Gracias Elsa por ser mi amiga artista desde hace treinta años.  

Gracias Susanne Junker por ser una creadora de pies a cabeza, por seguir siéndolo con o sin confinamiento y por regalarme la pieza de la foto esta Navidad (es un detalle de red performance, de la serie 21st century woman, 2016).

Gracias Papá, por la vida.  

Referencia bibliográfica:

La foto de Lee Miller The Park Club la podéis ver en @leemillerarchives (10 enero 2021) y la historia completa la cuenta su hijo Tony Penrose en su magnífica biografía The lifes of Lee Miller (Thames & Hudson, 1988).

La frase de Michel Houellebelcq está en la página 39 de En presencia de Schopenhauer (Cuadernos Anagrama: Barcelona, 2018).

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